viernes, 1 de febrero de 2013

Historia de Vitoria - Gasteiz - 30 capítulo




CAPÍTULO TREINTA


Primera Guerra Carlista – Vitoria liberal (1833 – 39)


     Al morir Fernando VII, el 21 de setiembre de 1833,  la situación del país se complicó. Acogiéndose a la Pragmática Sanción (ley sobre sucesiones al trono), recientemente aprobada, fue nombrada reina la princesa Isabel, su hija. La minoría de edad de ésta, contaba tres años, convirtió a su madre María Cristina en regente.



La regente Mª Cristina


    Inglaterra y Francia reconocieron a Isabel, pero no lo hicieron así Rusia, Austria y Prusia, que aún mantenían el espíritu de la Santa Alianza.
    Los realistas (carlistas), aglutinados en torno al pretendiente Don Carlos Mª Isidro, hermano de Fernando VII, no estuvieron de acuerdo con la decisión de que Isabel fuera la sucesora, apoyándose para ello en la Ley Sálica instaurada por Felipe V, e inician una guerra. El 3 de octubre de 1833 en Talavera de la Reina, se produce una sublevación a favor de Carlos Mª Isidro.            El teniente coronel Juan Felipe Ibarrola  proclamó rey a   D. Carlos en Orduña. (La Ley Sálica excluía a las mujeres del trono, en contra de la tradición de la corona, que lo permitía desde el Código de las Partidas de Alfonso X    ”El Sabio”)



Carlos Mª Isidro, D. Carlos

    La contienda carlista se extendió entre setiembre de 1833 y el otoño de 1839, culminando en ella los enfrentamientos que arrastraban desde principios de siglo los partidarios del Antiguo Régimen (carlistas o realistas) y el nuevo esquema liberal (isabelinos o cristinos).
    Las motivaciones de la guerra fueron muy complejas; pero parece que fue más una reacción antiliberal y antiburguesa, que carlista. El bando carlista personificó el tradicionalismo religioso y foral, de tal manera que se opusieron a cualquier proyecto de modernización política o social.
    En el País Vasco fue una guerra civil entre los comerciantes y clases ilustradas partidarios de eliminar las aduanas interiores que gravaban las mercancías al pasar a Castilla, frente a las masas rurales, la mayor parte del clero y las clases bajas urbanas contrarias a ello, ya que se beneficiaban de los productos que llegaban del exterior libres de impuestos.
   Las tres capitales vascas se declararon liberales; no hubo pues unanimidad en la postura de los vascos.
    Sin embargo, el 7 de octubre de 1833, Valentín de Verástegui y Varona, carlista y perteneciente a una ilustre familia alavesa, al frente de los Naturales Realistas Armados (nombre alavés de los voluntarios realistas), unos 4.000 hombres, se hizo con el control de la provincia y del Ayuntamiento de Vitoria, puso al frente de éste a Manuel  José de Velasco.  Era comandante de esta tropa Pedro Varona y Salazar. El Diputado General, Iñigo Ortés de Velasco, al ser liberal, no quiso participar en la trama.

    Valentín era hijo de Prudencio Mª de Verástegui, el cual se pronunció a favor del absolutista "Manifiesto de los Persas", que iba en contra de la soberanía del pueblo para devolvérsela al rey, Fernando VII




    Valentín de Verástegui mandó desde Gardélegui el siguiente  mensaje  al Diputado General:
“Comandancia de naturales armados de la Cuadrilla de Vitoria. La decisión, tan declarada, que manifiesta todo el País por el Serenísimo Señor Infante Don Carlos, cuyo derecho al trono de estos Reinos, después del fallecimiento del Señor Don Fernando VII   (que en gloria esté), es indisputable, nos pone en el caso de proclamarle públicamente, a invitación del Señorío de Vizcaya, y como lo ejecutarán sucesivamente en todas las provincias del Reino; a este efecto, me ha parecido del caso hacer presente a V. S. hallarme resuelto  a verificar tan solemne acto con una fuerza respetable que tengo reunida en este punto, y aunque no espero resistencia de parte de la tropa militar que ocupa  esa Ciudad, no obstante, deseo evitar el menor asomo de desgracia, consiguiente en todo con las instrucciones que tengo de S.A.S., tan propias de su carácter pacificador, me dirijo a V.S. a fin de que haga entender a ese señor Comandante de armas que, al paso que será inútil y temeraria la menor oposición, desde ahora para entonces le hago responsable  de un solo tiro que se dispare como de cualquier  otra tentativa que pueda promover entre nosotros la guerra civil, con el bien entendido  de que en el término de seis horas deberá manifestar su resolución, o de unirse a nuestro movimiento, o de retirarse con toda su fuerza a otra provincia.“
    El Diputado General, Iñigo Ortés de Velasco, al ser liberal, no quiso participar en la trama  y la orden fue acatada sin discusión. El Comandante de las fuerzas establecidas en Vitoria, don Ignacio de Villarana, al ver que no tenía ningún apoyo oficial, optó por abandonar la ciudad a los rebeldes, y se retiró en dirección a Guipúzcoa sin ofrecer resistencia.  La exigua  fuerza de que disponía consistía en 100 hombres del regimiento de San Fernando y una docena de carabineros.
 Entonces  Verástegui entró  en Vitoria, y tras dejar a sus tropas acampadas en la  Plaza Nueva, subió a la Casa Consistorial  donde proclamó a Carlos V.
    Parece ser que durante la ocupación de Vitoria por las fuerzas realistas, éstas causaron altercados y abusos, deteniendo y maltratando a numerosas personas, invadiendo para ello la tertulia de Sarasúa y los cafés de la Paz y de la viuda de Echavarría, donde se reunían los liberales. Además exigieron fuertes sumas de dinero para la  “causa carlista”.
    Mes y medio después acabaron estos desmanes con la entrada en Vitoria al frente de sus tropas, del general en Jefe del Ejército Liberal D. Pedro Sarsfield, reponiendo en su cargo al depuesto alcalde D. Francisco Javier de Urbina, marqués de Aravaca, con lo que Vitoria volvió a ser controlada por los liberales. Antes de tomar Vitoria Sarsfield  derrotó en el alto de Herrera, a las huestes de Verástegui, el cual huyó a las montañas, dejando en el campo de batalla numerosos muertos y armamento.  La mayor parte de la provincia de Álava continuaría en manos carlistas por unos años.
    El cerco a Vitoria fue constante por parte de los carlistas durante estos años, con lo que la tensión en la ciudad fue evidente. Ante el temor a un ataque de las fuerzas carlistas, Vitoria fortificó sus defensas y se creó con personas fieles a la causa liberal, un batallón de Voluntarios de la Milicia Nacional, formado por tres compañías de fusileros, una de cazadores y otra de granaderos. Al mando del batallón estuvo inicialmente Juan José de Ugarte y desde 1838 Francisco de Paula Morales. De todos modos la fuerza militar con la que contó Vitoria no era importante, ya que las tropas regulares que formaban la guarnición de la ciudad, eran 590 infantes y 160 de caballería, mientras que los milicianos sólo sumaban unos 350 hombres. Por otro lado, las antiguas murallas se encontraban en muy mal estado de conservación, medio derruidas. Las puertas de acceso de la ciudad fueron protegidas por grupos de jóvenes voluntarios, llamados " peseteros ", ataviados con boinas y armados con fusiles provistos de bayonetas. A las dificultades de aprovisionamiento de alimentos por circunstancias de la guerra, hay que añadir una epidemia de cólera morbo que agravó la situación.


Zumalacárregui intenta conquistar Vitoria

    En estas circunstancias, el 15 de marzo de 1834, el general carlista Tomás de Zumalacárregui, con la colaboración de Bruno Villarreal, militar alavés nacido en Larrea   (1801-1861) intentó, por sorpresa, apoderarse de Vitoria al frente de 3.500 hombres de infantería y 200 a caballo.


    Una columna dirigida por Iturralde, lugarteniente de Zumalacárregui, atacó por el portal de Betoño, otra, con Bruno Villarreal, por la puerta de Castilla y  una tercera conducida por el propio Zumalacárregui la atacaría por el centro.
    Una avanzada de las fuerzas carlistas penetró en la ciudad por la Florida, hasta el convento de San Antonio, y por el portal del Rey, hasta la cuesta del Teatro, (actual cuesta de San Francisco).            
    Este avance fue rechazado por las milicias urbanas de la ciudad, sin embargo, los carlistas lograron forzar la entrada de la calle Herrería y ocuparon dos o tres casas, parapetándose en ellas. Las cosas no fueron a más, porque la llegada de noticias informando que las tropas de refuerzo cristinas del general Espartero, avanzaban desde Miranda y estaban a pocos kilómetros, hizo que Zumalacárregui y sus tropas abandonaran el cerco a Vitoria.
Las tropas liberales que defendían la ciudad, hicieron prisioneros y fusilaron por orden del General Osma, defensor de Vitoria, al capitán Retana y  a  otros  dos oficiales carlistas. Zumalacárregui, como represalia por la muerte de estos oficiales, mandó fusilar en Heredia de entre los prisioneros que habían hecho en la ciudad, a todos los que eran voluntarios cristinos, los   "peseteros", 119 en total. Sin embargo los soldados de las tropas regulares fueron liberados, tras ser despojados de sus armas y uniformes.



Uniformes carlistas


    La consecuencia inmediata del cerco fue el radicalismo pro-liberal que adoptaron los vitorianos, expulsando de la ciudad, el 17 de abril de 1834 y por orden del General Quesada a Dominicos  (35)  y Franciscanos (57) con el fin de utilizar los edificios como cuarteles.
Además esta radicalización llevó a enfrentamientos entre liberales, progresistas unos y moderados otros. Así el 17 de agosto de 1837 un grupo de soldados y ciudadanos se sublevó en Vitoria, comenzando una persecución contra los llamados" liberales tibios". La autoridad civil y militar no pudo cortar a tiempo esta indisciplina y acabó  por correr la sangre.  Fueron  asesinados entre otros el Gobernador Militar Liborio González, el diputado foral Diego López Cano, el ayudante del Gobernador Blas Royo, el Teniente  Coronel  Ramón López, el  Capitán Felipe Fernández, el abogado José Aldama, responsable del Boletín Oficial de la Provincia y el Comisario por Tierras Esparsas Manuel de Arandia.  También fueron contra Blas López y el diputado Manuel Antonio Loma, pero éstos pudieron escapar a tiempo.  El marqués de la Alameda, Iñigo Ortés de Velasco, incluido en la lista de buscados, se libró porque estaba exiliado en Bayona.  Repuesto el orden, los autores de estos desmanes quedaron inexplicablemente impunes.
    Durante el resto de la guerra Vitoria vivió siempre bajo la amenaza  de un nuevo ataque carlista, cosa que no ocurrió.
    Tras la liberación de Bilbao, cercada por los carlistas, con la batalla de Luchana el 24 de diciembre de 1836,  su liberador, el General Espartero  acudió a Vitoria donde fue recibido triunfalmente con repique de campanas,  estruendo  de cohetes, etc.  Recibiría más tarde el título de  “Padre de la Provincia”.  Para celebrar el triunfo se  cambió a la plaza de Oriente su nombre por el de plaza de Bilbao. Actualmente Plaza de los Celedones de oro.
Con la caída de Villarreal, la paz llegó  el último día de agosto de 1839, en el llamado "Abrazo de Vergara", donde los generales Maroto - carlista y Espartero - liberal, acordaron una paz honrosa para ambos lados.



 "El abrazo de Vergara"


El general Espartero


General Maroto

Tras este acuerdo se restablecieron las Juntas Generales y las Diputaciones Forales.
Con motivo de la primera Guerra Carlista, Vitoria acogió por unos años a la Universidad de Oñate, que tuvo su actividad en la casa del Marqués de Legarda en la tercera vecindad de la calle Zapatería.
Al mismo tiempo la ciudad perdió  la antigua iglesia de San Ildefonso que se derribó,  su piedra se utilizó  para obras de fortificaciones defensivas.
Un hecho que se puede considerar como una anécdota de cierta relevancia fueron los hechos sucedidos en Vitoria en 1835 a un destacamento de tropas inglesas desplazadas a España con el fin de apoyar a las fuerzas liberales. Durante el invierno de ese año las tropas inglesas sufrieron las peores calamidades de su estancia en España. Aparte de lo crudo de ese invierno, para el que por lo visto no tenían la ropa de campaña adecuada, los oficiales y la tropa no cobraban su soldada y la intendencia prácticamente no existía, por lo que algunos tuvieron que vender los uniformes para poder comer. El gobierno de Madrid no cumplía sus compromisos de avituallar y pagar a estas tropas británicas. Para colmo de males los soldados británicos empezaron a enfermar unos tras de otros, estando los hospitales repletos hasta tal punto que el médico de las tropas británicas, doctor  R. Alcock, decidió hacer una inspección a fondo y en ella descubrió que el panadero vitoriano, José Elósegui, estaba envenenando, desde hacía semanas, el poco pan que se administraba a los soldados. El veneno empleado era una mezcla de temulina, ácido oxálico y albayalde. Durante los veintitrés meses de servicio de estas tropas murieron en el frente 523; mientras que en los hospitales, por heridas y enfermedad lo hicieron 1.588, de los que  816 murieron entre enero y abril de 1836. Esto da cuenta del alcance de la  "maniobra" del panadero. El 28 de marzo fueron ejecutados Elósegui y su ayudante.
María Cristina, la Reina Gobernadora, como muestra de agradecimiento al comportamiento de la ciudad de Vitoria ante el asedio carlista, concedió la merced de que en el escudo de armas de Vitoria se colocaran las insignias de Isabel II, y dispuso que todos los heridos y distinguidos en los hechos fueran condecorados con la cruz de Isabel II y se señalara una pensión a las familias de los fallecidos en la contienda y a las de los fusilados en Heredia.
                
                     La insurrección de Montes de Oca
    
    Durante la regencia del general Espartero, duque de la Victoria, el cuatro de octubre de 1841, el ex ministro de Marina y Comercio, Manuel Montes de Oca, apoyado por el Comandante  General de la Plaza Gregorio Piquero, sublevó la guarnición de Vitoria contra el liberalismo progresista representado por Espartero. Otros apoyos fueron los del Diputado General  Iñigo Ortés de Velasco (Marqués de la Alameda), de Pedro de Egaña, el Comisario regio Manuel de Ciórroga y el jurista Laureano Arrieta Bárcena.  Montes de Oca solicitaba la devolución de la regencia a la reina Mª Cristina mientras durara la minoría de edad de la infanta Isabel. Para ello se intentó unir en una sola causa a liberales moderados y carlistas.
    Ese cuatro de octubre el  Coronel Rijo, con su regimiento de caballería y  Joaquín Leiva, Comandante del Cuerpo de Miñones, con sus 260 hombres movilizados por orden del Diputado General  Iñigo Ortés de Velasco, Marqués de la Alameda, ocuparon las calles y plazas ante el asombro e indiferencia de la mayoría de vitorianos.  Posteriormente, en la Plaza Nueva,  María Cristina de Borbón fue  proclamada  Regente en lugar de Espartero. 
La Diputación acordó con carácter  urgente la formación de los Tercios alaveses para unirlos a la  “causa”.
    Otros levantamientos en esta misma línea se produjeron en las ciudades de Zaragoza, Pamplona, Bilbao, Vergara, Orduña, Portugalete...
     La insurrección fracasó pronto debido a que el intento de tomar el Palacio Real de Madrid y secuestrar a las infantas Isabel y Mª Luisa Fernanda, con el fin de traerlas a Vitoria resultó fallido, siendo rechazados en la escalera del palacio  por  los alabarderos, al mando de Domingo Dulce. Este intento lo protagonizó el General Diego de León, que tras su fracaso fue fusilado.
    Montes de Oca fue apoyado abiertamente en el País Vasco, hasta ser derrotado por las tropas de Espartero, dirigidas por los generales Rodil y Aleson.  Al ver el fracaso de su intentona y que su  valedora Mª Cristina  renegaba de él  huyó de Vitoria con Piquero, el Marqués de la Alameda, Pedro de Egaña, Ciórroga, y  el Coronel Juan Donoso.  Iban en vanguardia unos cien miñones, con su Comandante  Joaquín Leiva. Cubrieron la retaguardia los carabineros del Resguardo y el Regimiento de Órdenes, primero de Ligeros. Salieron por el Portal del Rey  camino de Guipúzcoa amparados por la noche.
Los soldados al l legar a Ullívarri Gamboa abandonaron la comitiva.  Ante esta situación decidieron dividirse, los mandos militares, es decir Piquero y sus oficiales, marcharon hacia la costa  unos y hacia Pamplona otros y los civiles  siguieron la marcha hacia Arlabán. Como ya sólo les servían de estorbo decidieron licenciar al grueso de la tropa de miñones, quedándose solo con ocho como toda protección.

Manuel Montes de Oca

   Estando en Vergara,  los ocho miñones apresaron a Montes de Oca con el fin de entregarlo a las tropas de Espartero y cobrar la recompensa que  ofrecía el General Zurbano  por ello, consistente en unos 10.000 duros. Fue traído  a hurtadillas, pasando  por Legazpia, Aranzazu, Sierra de Elguea y Vitoria.  Fue encerrado en el convento de San Francisco. Juzgado sumariamente, fue fusilado el día veinte de octubre, a la una de la tarde, en el vitoriano Parque de la Florida, frente a la estatua de Ataulfo y de espaldas a la tapia de la huerta de Santa Clara. Se cuenta que quiso dar las órdenes reglamentarias al pelotón de ejecución. En cuanto a los ocho miñones  parece ser que cobraron la recompensa, pero fueron expulsados del Cuerpo de Miñones, ya que su acto supuso una deshonra para el resto de componentes del mismo.  Al ser despreciados por sus vecinos abandonaron  Vitoria.
    Al Marqués de la Alameda, por haber colaborado con la insurrección, le impusieron una multa    de 300.000 reales y 190.000 a cada uno de los señores Egaña, Ciórroga y Arrieta. Asimismo  al Ayuntamiento y a la Diputación les  costó este asunto más de medio millón de reales.
    Como resultas de este conflicto el régimen foral fue fuertemente afectado. Por decreto firmado por Espartero, de 29 de octubre de 1841, reaparece la figura del Jefe Superior Político, la seguridad pública quedaba sometida exclusivamente a ellos, y bajo su inspección a los Alcaldes.   La ley electoral y de funcionamiento de los ayuntamientos afectó a las tres provincias vascas, se organizarían  con arreglo a las leyes y disposiciones generales de la Monarquía, es decir que  la organización jurídica sería la misma que en el resto del Estado; las Diputaciones serían Provinciales, no Forales; se mantuvo la abolición del "pase foral " (se acata pero no se cumple) y las aduanas interiores de Orduña, Valmaseda y Vitoria desaparecieron, pasando a la frontera con Francia (Irún)
Tres puntos quedaron inalterados dentro de la foralidad vasca: los derechos civiles, las peculiaridades fiscales y los privilegios militares.
Posteriormente, Pedro de Egaña, liberal moderado, cuando era ministro de Justicia, por decreto de fecha  4 de julio de 1844, consiguió de su amigo el General Narváez,  la adaptación de  las instituciones provinciales del País Vasco a la Constitución Española.  Es decir quedaban restablecidos los Fueros sin perjuicio de la unidad constitucional de la  Monarquía.   Las  Diputaciones  y los Ayuntamientos volvían a la situación anterior, aunque con restricciones. Las aduanas sin embargo se mantenían en la frontera.
El  cuerpo de Montes de Oca, enterrado en el cementerio vitoriano de Santa  Isabel, fue exhumado el veinticinco de agosto de 1844 con el fin de trasladarlo a un cementerio de Madrid.
El acto se realizó con todos los honores correspondientes a su cargo.


Para saber más:

"Álava en sus manos"    Varios                  Edit. Caja P. de Álava 1983
"De Túbal a Aitor"     Iñaki Bazán (direct.) Edit. La esfera de los libros. 2002
"Vida de la Ciudad de Vitoria"  Tomás Alfaro Fournier Edit Dip. foral de Álava. 1996
"Síntesis de la Historia del P. Vasco"  Martín de Ugalde Edit. Elkar S.A. 1983
"Historia de Vitoria"  P.Manzanos y J.M. Imízcoz    Edit. Txertoa 1997
"Rincones con renombre" Elisabeth Ochoa de Eribe y Ricardo Garay  Edit. Fundación Mejora 2012
"La Batalla de Vitoria - 1813"  Emilio Larreina Edita Almena Ediciones  2009
"Historia de Álava" Antonio Rivera  y otros.  Edit. NEREA   2003
"Los Carlistas 1800 - 1876"  Carmen Gómez y otros Edit. Fund. Sancho El Sabio 1991
"Profetas del pasado" Las derechas en Álava. Antonio Rivera y Santiago de Pablo  Edit 
IKUSAGER EDIC. SA 2014                     

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