domingo, 9 de junio de 2013

Historia de Vitoria - Gasteiz. Capítulo 35

                             

                  
                         CAPÍTULO TREINTA Y CINCO


               VITORIA EN EL SIGLO XX


Antigua Plaza de Abastos                         Archivo Municipal V.G.

Antes de tratar los hechos políticos y de otra índole del siglo XX conviene tener una visión de cómo era Vitoria en los inicios del siglo XX,  tanto en cuanto a su estructura física, calles, plazas, etc. como de sus habitantes, es decir situar el escena­rio donde van a desenvolverse los hechos y sucesos del comienzo de siglo. Para ello quién mejor que un cronista como Tomás Alfaro Fournier, del que tomamos una bonita descripción de la Ciudad, escrita por él en su libro: Vida de la Ciudad de Vitoria”. Editorial Magisterio Español. Madrid 1951.
Tomás Alfaro dice así:
{{En 1900 la estructura de Vitoria era casi la misma que en 1876, cuando termi­nada la última guerra carlista y perdidos los Fueros, parecía haberse suspendido todo afán suntuario. La economía del Municipio salía deshecha de aquellas pruebas, y la iniciativa privada, aletargada por tantos años de inacción, tardaría bastante en despertar.
Por el Norte, la ciudad apenas se había movido durante siglos. Se limitaba tras una rápida pendiente que descendía entre la Catedral y el Seminario Conciliar hasta el Portal de Arriaga. Más allá se encontraba el barrio de Santa Isabel y el Cemente­rio. Se diría que la mansión de los vivos no quería avanzar por aquel lado, donde se hallaba la de los muertos.
Por el Este y el Oeste, describiendo amplios semicírculos, corrían respectiva­mente la calle de Francia hasta el Portal del Rey, y la de las Cercas Altas, apoyada en su arranque en el derruido convento de Santo Domingo, para desembocar, a través de la Plaza de la Provincia, en la calle de la Constitución, y debajo de ellas, como último escalón hacia el llano, la de las Cercas Bajas, de modesta construcción casi rural.
    Así había quedado aprisionada desde hacía tiempo, la llamada parte vieja, que no parecía pugnar por extenderse, si no era en leves insinuaciones a lo largo de las carreteras que a ella afluían.
La parte nueva se había ensanchado ampliamente hacia el Sur, en el transcurso del XIX, pero en esencia su avance estaba delimitado desde 1870.
La principal arteria partía de la Plaza Nueva y llegaba hasta la línea férrea. De ahí su nombre de calle de la Estación, que aún le aplican los vitorianos a pesar de haberle cambiado su nombre por el de Eduardo Dato. Transversalmente a ella se alineaban otras vías, todas sabiamente planeadas, aunque entre los edificios abunda­ban los solares en espera de quienes decidieran construir. La calle del Sur (Manuel Iradier) era la últi­ma de esta serie. Muy pocas viviendas se habían edificado en ella al finalizar el siglo, y uno de los trozos, donde está la Fuente de la Paloma, conservó hasta entonces su aspecto rústico. Las traseras acristaladas de esas casas se asomaban al camino de hie­rro.





                                             Calle Eduardo Dato                                    A.M.V.G.




Calle de Eduardo Dato actualmente

    Al otro lado de esa barrera infranqueable se había formado el Paseo del Cuarto de Hora, bordeado, en uno de sus lados, por cuarteles, alguna finca de recreo y por el Convento de la Visitación (las Salesas).
    El esfuerzo de ensanche por esa zona se había yugulado por falta de comunicaciones, ya que sólo tenía acceso a la urbe por un paso a nivel  -llamado de la muerte a causa de las desgracias que allí ocurrían-, y por unos estrechos huecos abiertos bajo el talud de la vía férrea, que servían de comunicación con la Senda de la Flori­da.
    Realmente se trataba de un barrio aparte, frecuentado sólo por militares acudiendo o volviendo del servicio, por beatas asiduas de la iglesia conventual de la Visitación, o por algún taciturno paseante que gustaba deambular bajo los plátanos del paseo.
    Esa parte nueva quedaba cerrada al Oriente por las calles del Mercado y de Rio­ja, donde se asentaban edificios de cierta importancia: el Hospital Civil de Santiago, la Cárcel Celular, el Laboratorio Municipal, la Plaza de los carros, que después se convirtió en cuartel de Artillería, el convento de las Desamparadas y la Plaza de Toros, además de algunas casas de vecindad.
    A poniente, la Florida extendía sus bellos jardines y a su lado daba límite a la Ciudad el romántico campo de las Brígidas contiguo al Convento de tanta tradición local.




                       Calle del Mercado, actual calle de Postas       Archivo municipal V.G.

    Aunque parezca paradoja, puede afirmarse que Vitoria era una Ciudad cons­truida en pleno campo. En 1900 no tenía suburbios. Las mieses la rodeaban, sin transición, y las carreteras y los caminos llevaban las hileras de sus corpulentos ár­boles hasta sus mismas puertas. Difusamente se alejaba de la urbe la Senda del Pra­do, cuidada con esmero, con una tira de asfalto en su centro, sombreada por casta­ños de India. En sus lindes pronto se elevarían numerosas villas de recreo, algunas de gran suntuosidad.
Cualquier vitoriano podía, en unos minutos, situarse en plena naturaleza y dis­frutar ampliamente del risueño paisaje de la Llanada, y rodear su Ciudad por sendas abiertas entre campos de trigo, disfrutando con su contemplación.
En este contenido recinto, en un ambiente de distinguida sobriedad cuando no de acusada penuria, se desenvolvía la vida ciudadana con notable matiz provinciano.
     La alta aristocracia adinerada había emigrado en su mayoría, quedando sólo, fieles a la tierra de sus mayores, contadas casas de antigua estirpe: los Alameda, los Villafuerte, los Verástegui, los Salazar, los Velasco, los Murua, los Arcaya... Y aún éstos se hallaban cada vez más distanciados de la cosa pública, sin tener apenas con­tactos sociales, recluidos en sus antiguos palacios, donde vivían de sus rentas.
Una aristocracia de segundo orden, procedente de familias de cierto abolengo o que habían hecho fortuna en los negocios, componía el núcleo social distinguido. A este grupo se unían los militares y funcionarios civiles de alguna categoría, y se am­pliaba sobre todo durante los veranos, con forasteros, muchos de ellos vitorianos de nacimiento, establecidos en la Corte.
Por la abstención de la alta aristocracia se consideraba a este sector como el más elegante de la Ciudad.
No era demasiado fácil formar parte de él ni ingresar en las sociedades recreativas donde solían reunirse, como el Club Alavés donde, en más de una ocasión, «echaron bola negra» a algún candidato.
La irónica perspicacia popular apuntaba a quienes ejercían la hegemonía de ese grupo, casi todos unidos por lazos de parentesco, designándole enfáticamente con el apodo de «la casa de Austria».



                                             Café Suizo en la calle  Eduardo Dato         A.M.V.G.

    La clase media la integraban comerciantes e industriales de reconocida solven­cia e inmaculado crédito. De ella dependían el presente y el porvenir de la Ciudad, pues sus capitales, penosamente amasados y convertidos en una época de penuria, fomentaban la creación de nuevas fuentes de riqueza, industrias que llegarían a ser florecientes, e iban edificando viviendas de cierta suntuosidad en los solares vacíos. Su influencia en la vida económica les llevaba a menudo a ocupar cargos públicos, ya no tan codiciados por lo retorcido de la política, que acabaron abandonando en manos de profesionales, abogados los más, o de pequeños ambiciosos sin prepara­ción alguna, que hacían escabel de los puestos municipales y provinciales con la vis­ta puesta, más en su medro personal o en la satisfacción de su vanidad, que en reali­zar una administración meticulosa y eficaz.
    Artesanos y comerciantes al por menor, pequeños funcionarios y empleados, y, en fin, obreros y obreras, aún no muy numerosos, modistillas, sirvientas y soldados, constituían el elemento popular, que prestaba color característico a la urbe, modesto y bullicioso, saturado de donaire, sobre todo cuando, en las horas de asueto o en los días festivos, inundaban las calles céntricas y los paseos, o se desparramaba con ale­gre despreocupación por los alrededores.



Vitorianos/as paseando por el Parque de La Florida        A.M.V.G.

    Siguiendo reglas fijas, rara vez conculcadas, simplemente impuestas por la costumbre, todas las clases sociales convivían casi siempre en los mismos lugares de 
es­parcimiento, aunque manteniendo sus distancias.

En los atardeceres de invierno, si el tiempo lo permitía, se formaban paseos en la calle de la Estación después de las horas de trabajo. En una de las aceras deambula­ban los «señoritos» de ambos sexos, ellas celosamente vigiladas por sus mamás. En otro sector paseaban modistillas y empleados. La acera de enfrente era fondo de obreros y obreras, soldados y sirvientas. El centro de la calle, aún empedrado con re­dondos cantos, representaba un terreno neutral para quienes querían escapar de las minuciosas clasificaciones, cuyo orden se manifestaba también en el atuendo: som­breros y perifollos abrigos a la moda y bastones en los unos, y sencillos corpiños bajo el pelo libre, boinas y blusas en los otros. Aún no habían aparecido las iguala­doras gabardinas.
Cuando llovía se paseaba bajo los arcos de la Plaza Nueva. Los hombres circulaban en un sentido, generalmente agrupados, admirando al mujerío que giraba en el contrario. Allí solían iniciarse los noviazgos después de escrutarse los futuros aman­tes, a través de mutuas miradas de «timarse» y de otros escarceos que les condujeran al logro de una acogedora complacencia, previo paso a la declaración. Era una ro­mántica estrategia de afanes contenidos, en la que jugaba importante papel la coque­tería. Un juego delicioso, repetido vuelta tras vuelta, día tras día, que muchas veces se esfumaba en timideces agotadoras y pocas era vencido por la decisión del galan­teador.


La Plaza Nueva.

En ocasiones se bailaba en el centro de la plaza. Rompíanse las filas y quedaban casi desiertos los andenes, bajo los arcos. Movíanse las parejas a los acordes de po­pulares pasodobles, schotis, mazurkas y habaneras, de cadenciosos valses, para ter­minar con la jota. Bailábase a izquierda es decir, cogiendo los hombres a las mucha­chas con el brazo izquierdo, no como en los salones distinguidos, donde se hacía a derechas, siendo éste un signo más de separación entre dos mundos con distintas apetencias: protocolario y lleno de perjuicios el uno; libre en sus expansiones y des­preocupado el otro.
Y no es que se odiaran entre sí, ni mucho menos. Aún no habían aparecido en la superficie, con toda su secuela de rencores, los problemas inherentes a una excesi­va industrialización de la vida, creadora de amorfos proletariados y absorbentes capitalismos. Cada cual seguía con rutina el ritmo de una existencia que siempre había conocido así, mantenido sobre todo por la gente mayor y del que se iba desen­tendiendo la juventud. ¡Cuántos muchachos de familias distinguidas saltaban las ba­rreras sociales para encontrar una salida a la rigidez del ambiente!. ¡Cuántos de ellos unidos francamente a las expansiones populares, gozaban de ellas plenos de liber­tad!. ¡Cuántos después de las excitaciones del baile, gustaban de las delicias del amor, casi siempre puro, aunque sin hipócritas remilgos en compañía de una linda muchacha que contaba, como único peculio, con su garbo y belleza y se ofrecía como era, limpia de malos pensamientos contenidos...! Sin embargo, debían afrontar éstos una cierta repulsa del medio social en que vivían; sufrían severas admoniciones de sus padres y les miraban hoscamente, si no les retiraban el saludo, las muchachas del mundo distinguido.
En  las grandes festividades a la entrada y salida de la Misa Mayor o de los Oficios de Semana Santa, acudían a las iglesias los hombres endomingados... Chisteras y levitas los señores, llevando del brazo a sus es­posas y delante a los niños serios y circunspectos... Largas capas, la gente del pue­blo... Era un pasar cadencioso, ritual, que se perdía por las escaleras de Villa Suso, desparramándose a través de las Covachas y los Arquillos, en la ciudad baja, tan di­ferente en su modernidad...


    
                                     Desfile por la calle Dato                  Archivo municipal V.G.

Salvo en esas ocasiones excepcionales apenas se mezclaban ambos pueblos. El alto y el bajo, el antiguo y el nuevo, antagónicos, incomprendidos el uno por el otro.}}    Alfaro dixit.

Para saber más:
"Álava en sus manos" Varios Edit. Caja P. de Álava 1983
"De Túbal a Aitor" Iñaki Bazán (direct.) Edit. La esfera de los libros. 2002
"Vida de la Ciudad de Vitoria" Tomás Alfaro Fournier Edit Dip. foral de Álava. 1996
"Síntesis de la Historia del P.Vasco" Martín de Ugalde Edit. Elkar S.A. 1983
"Historia de Vitoria" P.Manzanos y J.M. Imízcoz Edit. Txertoa 1997
"Rincones con renombre" Elisabeth Ochoa de Eribe y Ricardo Garay Edit. Fundación Mejora 2012
"Historia de Álava" Antonio Rivera y otros. Edit. NEREA 2003
"Vitoria: transformación y cambio de un espacio urbano"  Manuel Antonio Zárate Martín    Boletín de la Institución sancho El Sabio   Tomo XXV   1981

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